Corría el año 1780. El aire del Sur del Lago de Maracaibo era un manto espeso de calor, susurros de selva y el siseo constante del río Escalante. En la orilla oriental, las luces y los ruidos cotidianos de San Carlos del Zulia ya mostraban el ritmo de un asentamiento consolidado. Sin embargo, justo enfrente, en la ribera opuesta, la naturaleza aún guardaba un silencio antiguo, esperando su propio destino.

Una mañana de aguas calmas, una pequeña embarcación cruzó el río. A bordo no venían conquistadores armados con espadas, sino hombres de fe y de tierra.

Al frente de la expedición estaban los Capuchinos Navarros, frailes de andar firme y hábitos gastados por el polvo y la humedad tropical. Habían dejado atrás las frías montañas de Navarra, en España, para adentrarse en el corazón verde de Venezuela. Pero no venían solos; el éxito de su misión descansaba sobre los hombros y el conocimiento de 16 indígenas motilones.

Aquellos 16 motilones eran el puente entre dos mundos. Conocían los secretos del río, el temperamento de la tierra y el idioma de los árboles. Ya no veían a los frailes con desconfianza, sino como aliados para fundar un hogar seguro.

Con la bendición de la tierra y el sonido del río como testigo, se declaró formalmente la fundación del nuevo asentamiento. En aquel año de 1780, el lugar no nació como una gran villa colonial, sino bajo una figura jurídica y social muy específica: un pueblo de indios.

Al desembarcar en la orilla occidental, justo frente a San Carlos, el grupo se detuvo en un claro de la selva. Los frailes clavaron una gran cruz de madera en el suelo húmedo, mientras los 16 motilones observaban el horizonte, tomando posesión pacífica del territorio.

Los frailes, devotos y prácticos, bautizaron el lugar uniendo la fe católica con la identidad de sus habitantes originarios: Santa Bárbara de los Yndios Motilones.

Capuchinos y motilones en la fundación de Santa Barbara de los Yndios Motilones. Fuente: Zulieros magazine
  • El propósito: Crear un espacio donde la comunidad indígena pudiera asentarse, cultivar la tierra y vivir en comunidad bajo la guía de los capuchinos.
  • El diseño: Con la ayuda de los 16 fundadores nativos, se empezaron a levantar las primeras chozas de paja y barro, alineadas con la vista puesta en el río que los conectaba con el resto del mundo.
  • Los primeros días fueron duros. El hacha de los motilones y el empuje de los navarros abrieron espacio entre la maleza. San Carlos del Zulia, desde la otra orilla, miraba con expectación cómo su «hermana menor» empezaba a cobrar vida. Los cantos religiosos en latín se mezclaban por las tardes con los dialectos indígenas, creando una melodía única a orillas del Escalante.

Con el paso de los siglos, el nombre se simplificó, la selva cedió su lugar a las calles y el pequeño pueblo de indios creció hasta convertirse en la vibrante y productiva ciudad que es hoy: Santa Bárbara del Zulia. Pero en sus raíces, impresas en el barro fértil del Sur del Lago, siempre vivirá el recuerdo de aquellos frailes navarros y los 16 motilones que, con solo su voluntad, cruzaron un río para cambiar la historia.


Compilación El Yuo/Zulieros Magazine

Nota: En la investigación de los escritos aparece Yndios en vez de Indios.

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